viernes, 2 de marzo de 2012

Déficit

Majid Saeedi (GETTY). EL PAÍS

(No se ha hecho la miel para la boca del asno, cuando ni yo mismo jamás probaré uno. Hace ocho años, el chico recogió aquella primera cosecha, catorce preciosos frutos, buscó un palo de metro y medio, perforó agujeros verticales e introdujo un higo en cada uno, y el palo hizo el segundo trabajo de empujarlos hacia abajo, hasta el fondo, hasta el encuentro con «ellos». En ningún momento el chico sintió la tentación de meterse uno en la boca, sólo por curiosidad, por conocer cómo saben, un único higo de entre todas las cosechas posteriores y suficiente para saber qué clase de higuera teníamos. Y, si fue tentado, lo superó. Desconoce su sabor y yo también lo desconoceré. Recogí igualmente su mensaje del palo: me embarga la misma emoción que a él -no puede ser de otra manera- cuando, finalizando cada septiembre y casi todo octubre, abro los agujeros y empotro en ellos la cosecha. Éstas, de año en año, son más abundantes, y ha llegado al punto en que cada higo ya no puede tener su agujero, como al principio: harían falta tantos agujeros que la tumba parecería un colador o una madera con polilla. Realizándolo él mismo como lección a seguir, el chico fijó el número máximo de agujeros y la necesidad de enterrar muchos higos en cada uno. De la recolección del grueso de la cosecha me encargo yo, pues él se reserva los dos primeros días, por puro amor a los de abajo. Aún conservo en la tejavana todo el año el palo de la primera perforación, en espera de su hora.
Los higos han echado sobre mí acaso la más agobiante tarea en forma de bandas de chavales pendientes de mis descansos para invadir la parcela y robar nuestros higos; en tales semanas de pesadilla apenas pego ojo, en constante alerta con la vara en la mano y agitándola en el aire cuando atisbo en las proximidades una partida de peligrosos vándalos.)
RAMIRO PINILLA. La higuera. Fábula Tusquets Editores (2011).

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